
Malvinas, a 44 años: memoria, soberanía y la herida abierta de una causa que atraviesa a la Argentina
Late
Cada 2 de abril, la memoria argentina vuelve inevitablemente a las Islas Malvinas. A 44 años del inicio de la guerra de 1982, la fecha no funciona solo como una efeméride: representa una de las marcas más profundas de la historia contemporánea del país, donde conviven el dolor por los caídos, el reconocimiento a quienes combatieron y la persistencia de un reclamo diplomático que la Argentina sostiene desde 1833.
El Día del Veterano y de los Caídos en la Guerra de Malvinas se mantiene como una jornada de memoria activa. No se trata únicamente de recordar el conflicto bélico, sino de reflexionar sobre las múltiples capas de sentido que atraviesan la causa: la soberanía, la dictadura, el heroísmo de los soldados, las heridas psicológicas posteriores y el lugar geopolítico que el archipiélago ocupa en el Atlántico Sur.
Para comprender la dimensión histórica del conflicto es necesario retroceder al siglo XIX. En 1833, fuerzas británicas expulsaron a las autoridades argentinas establecidas en las islas, dando inicio a una ocupación que la Argentina nunca reconoció como legítima. Desde entonces, el reclamo soberano se mantuvo a través de distintos gobiernos y encontró un respaldo central en 1965, cuando la Asamblea General de la ONU aprobó la Resolución 2065, reconociendo formalmente la existencia de una disputa de soberanía entre la Argentina y el Reino Unido e instando a ambos países a negociar una solución pacífica. El texto, además, hace referencia a los “intereses” de la población de las islas y no a sus deseos, un punto clave en la posición argentina sobre la integridad territorial.
Durante los años previos a la guerra existieron avances diplomáticos concretos. Hubo vuelos de LADE, cooperación logística y vínculos crecientes entre el continente y las islas, en un contexto que parecía abrir la posibilidad de una negociación gradual. Sin embargo, la irrupción de la última dictadura militar alteró por completo ese escenario.
En 1982, la Junta Militar encabezada por Leopoldo Fortunato Galtieri atravesaba una profunda crisis política y social. La represión interna, la pérdida de legitimidad y el desgaste económico llevaron al régimen a acelerar la recuperación militar de las islas como una maniobra desesperada para reconstruir apoyo popular. El cálculo resultó tan político como equivocado: la dictadura subestimó la respuesta británica y sobrestimó la neutralidad de Estados Unidos.
El desembarco del 2 de abril generó una euforia inmediata en gran parte de la sociedad, pero el conflicto pronto mostró toda su crudeza. La guerra dejó al descubierto la enorme asimetría militar entre ambos países y las condiciones extremas en las que combatieron miles de conscriptos argentinos, muchos de ellos jóvenes de 18 y 19 años con escasa preparación, sometidos al frío, al hambre y, en numerosos casos, a maltratos por parte de sus propios superiores.
Aun en ese contexto, el desempeño de las fuerzas argentinas dejó episodios de enorme valentía. La Fuerza Aérea y la Aviación Naval protagonizaron operaciones que siguen siendo estudiadas por especialistas militares, mientras que en tierra las batallas de Pradera del Ganso, Monte Longdon y Tumbledown evidenciaron la resistencia de los soldados argentinos frente a una potencia con clara superioridad tecnológica.
El 14 de junio de 1982 llegó la rendición. El saldo fue devastador: 649 argentinos muertos, 255 británicos y tres civiles isleños fallecidos. La derrota precipitó el derrumbe final de la dictadura, pero abrió otra herida menos visible: la del regreso silencioso de los combatientes.
La llamada “desmalvinización” marcó los primeros años de la posguerra. Muchos veteranos regresaron de noche, sin homenajes ni acompañamiento estatal, en un país que buscaba salir de la dictadura y que durante un tiempo evitó mirar de frente aquella tragedia. La falta de reconocimiento, la marginación social y la ausencia de políticas de salud mental agravaron durante décadas las secuelas psicológicas del conflicto.
Con el paso del tiempo, la sociedad argentina inició un proceso inverso de reparación simbólica. Los excombatientes comenzaron a ocupar el lugar de reconocimiento que merecían, impulsados por su propia lucha, por la acción de los centros de veteranos y por políticas públicas orientadas a la memoria. También resultó fundamental el trabajo humanitario de identificación de soldados enterrados en el Cementerio de Darwin, llevado adelante con participación del Equipo Argentino de Antropología Forense y organismos internacionales, que permitió devolver identidad a decenas de familias.
En paralelo, la cuestión Malvinas mantiene plena vigencia en el plano internacional. La Constitución Nacional establece en su Disposición Transitoria Primera que la recuperación del ejercicio pleno de la soberanía sobre las islas constituye un objetivo permanente e irrenunciable del pueblo argentino, siempre por medios pacíficos y conforme al derecho internacional.

Más allá del valor histórico y simbólico, Malvinas posee hoy una importancia estratégica creciente. Su ubicación en el Atlántico Sur la convierte en una pieza clave para el control de rutas bioceánicas, recursos pesqueros, potenciales reservas hidrocarburíferas y proyección hacia la Antártida, un factor que adquiere todavía más relevancia frente al horizonte de revisión del sistema antártico en las próximas décadas.
A 44 años de la guerra, la fecha exige una lectura madura y compleja. Implica repudiar sin matices la utilización política que hizo la dictadura del conflicto, pero al mismo tiempo separar esa responsabilidad del coraje de quienes combatieron. La memoria de Malvinas no pertenece al pasado: sigue viva en los veteranos, en las familias de los caídos, en la diplomacia argentina y en una sociedad que reconoce en esa causa uno de sus consensos más profundos.
El 2 de abril vuelve así a recordarle al país que la soberanía no es solo una cuestión territorial. También es memoria, justicia histórica y una deuda ética con quienes dejaron la vida —o una parte de ella— en las islas.
Por: María Lorena Belotti


“La primera vez: el adiós de una comedia colombiana que conquistó con frescura y nostalgia”


Día Mundial del Autismo: por qué se conmemora el 2 de abril y cómo avanza la concientización global





Scaloni: “El equipo entendió el mensaje y demostró que lo del otro día fue un accidente”












