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title: "El poder de la naturaleza: por qué estar al aire libre puede mejorar nuestra salud física y emocional"
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description: "El contacto con espacios verdes puede reducir el estrés, favorecer el bienestar emocional y producir cambios beneficiosos en algunos indicadores físicos."
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date_published: "2026-09-17T23:50:00-03:00"
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# El poder de la naturaleza: por qué estar al aire libre puede mejorar nuestra salud física y emocional

Durante siglos, el ser humano vivió en contacto permanente con árboles, ríos, montañas, animales, tierra y cielos abiertos. Sin embargo, en pocas generaciones la vida cotidiana se trasladó cada vez más hacia las ciudades, los edificios, las pantallas y los ambientes cerrados. En medio de ese proceso, la ciencia comenzó a prestar especial atención a una pregunta que parece sencilla, pero que tiene profundas implicancias para la salud: ¿qué sucede en nuestro organismo cuando volvemos a estar en contacto con la naturaleza?

La respuesta que surge de numerosas investigaciones es que pasar tiempo en espacios naturales puede tener efectos beneficiosos tanto sobre el bienestar psicológico como sobre determinados indicadores de salud física. No se trata de pensar que caminar entre árboles constituye un tratamiento médico capaz de reemplazar una consulta profesional o una medicación cuando son necesarias, sino de comprender que el entorno en el que vivimos y las experiencias que incorporamos a nuestra rutina también pueden influir sobre nuestro organismo.

Una de las explicaciones más estudiadas tiene que ver con el estrés. La exposición a la naturaleza ha sido relacionada con modificaciones en diferentes indicadores fisiológicos vinculados con la respuesta del organismo frente al estrés, entre ellos el cortisol, una hormona que participa en la regulación de múltiples funciones y que suele utilizarse como marcador de respuesta al estrés. Una revisión sistemática que analizó investigaciones sobre exposición a la naturaleza encontró una relación inversa entre el contacto con ambientes naturales y distintos marcadores fisiológicos de estrés. También observó una reducción del estrés percibido en buena parte de los estudios que lo evaluaron.

El llamado “baño de bosque”, conocido como shinrin-yoku en Japón, es uno de los ejemplos que más atención científica ha recibido. Una revisión sistemática y metaanálisis que estudió esta práctica encontró que, en la mayoría de los trabajos incluidos, los niveles de cortisol fueron menores después de la exposición a ambientes forestales en comparación con grupos de control o con ambientes urbanos. Los autores, de todos modos, señalaron que se trata principalmente de efectos observados a corto plazo y que todavía hacen falta investigaciones más sólidas para determinar con precisión su alcance.

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El corazón también parece beneficiarse de determinados aspectos de la exposición a espacios verdes. Una amplia revisión sistemática y metaanálisis que reunió 143 estudios encontró asociaciones entre una mayor exposición a espacios verdes y menores niveles de frecuencia cardíaca, cortisol salival y presión arterial diastólica, además de otros indicadores fisiológicos. Los investigadores también encontraron asociaciones con algunos resultados de salud a largo plazo, aunque remarcaron que parte de la evidencia presenta limitaciones metodológicas y heterogeneidad, por lo que los resultados deben interpretarse con cautela.

La presión arterial es otro de los aspectos investigados. Un metaanálisis que reunió 38 artículos y más de 5,2 millones de participantes encontró que la mayor presencia de espacios verdes se asociaba con niveles más bajos de presión arterial y con menores probabilidades de hipertensión en determinados análisis. Los propios investigadores advierten, sin embargo, que son necesarios estudios longitudinales y diseños mejor controlados para establecer con mayor precisión la magnitud de estos efectos.

Pero quizá uno de los efectos más perceptibles de la naturaleza sea el que ocurre en nuestra experiencia cotidiana. El ruido permanente, el tránsito, las obligaciones, las notificaciones, las pantallas y la necesidad de responder constantemente a estímulos pueden mantener a nuestro sistema nervioso en un estado de activación. Un entorno natural, en cambio, suele ofrecer estímulos diferentes: sonidos más suaves, movimientos repetitivos, espacios abiertos, vegetación, luz natural y una menor densidad de información visual. Esa modificación del escenario puede facilitar una sensación subjetiva de descanso y recuperación.

También existe interés científico por lo que ocurre con la atención. La exposición a ambientes naturales ha sido estudiada en relación con la recuperación de la fatiga mental y con determinados procesos vinculados con la atención. Una revisión de estudios sobre ambientes naturales encontró evidencia de beneficios sobre diferentes estados emocionales y algunos indicios de una mejor atención después de permanecer en la naturaleza, aunque los resultados no fueron uniformes y los autores señalaron la necesidad de continuar investigando.

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El movimiento es otro elemento fundamental. Muchas experiencias de contacto con la naturaleza implican caminar, recorrer un parque, subir una montaña, andar en bicicleta, trabajar en un jardín o simplemente desplazarse por un espacio abierto. De esta manera, el beneficio no necesariamente proviene exclusivamente de la naturaleza, sino de la combinación entre ambiente, actividad física, exposición a la luz natural y desconexión de determinadas fuentes de estrés. Caminar en un parque, por ejemplo, puede convertirse simultáneamente en ejercicio físico, pausa mental y cambio de escenario.

La dimensión emocional también ha sido estudiada específicamente. Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en 2023, que incluyó 36 trabajos y 3554 participantes, encontró que las intervenciones conocidas como “baño de bosque” podían reducir síntomas de ansiedad y depresión. Sin embargo, los resultados fisiológicos fueron menos consistentes, lo que muestra que no todos los posibles beneficios están igualmente demostrados.

Esta diferencia es importante porque la relación entre naturaleza y salud no debe convertirse en una promesa exagerada. La evidencia científica es amplia, pero no significa que cualquier paseo por un parque produzca automáticamente un determinado efecto médico ni que la naturaleza pueda sustituir tratamientos profesionales. Una revisión sistemática publicada en 2024, por ejemplo, encontró evidencia limitada para afirmar que las intervenciones basadas en la naturaleza deban considerarse un tratamiento principal para el estrés, la ansiedad o la depresión.

Lo que sí aparece de manera consistente en buena parte de la literatura científica es que los ambientes naturales pueden formar parte de un estilo de vida saludable y de estrategias complementarias orientadas al bienestar. La diferencia puede estar, incluso, en algo tan sencillo como incorporar pequeñas pausas al aire libre a una rutina predominantemente urbana.

No hace falta vivir en un bosque para experimentar ese contacto. Una plaza arbolada, un parque, una reserva natural, una costanera, un jardín, una terraza con plantas o incluso sentarse unos minutos bajo un árbol pueden convertirse en oportunidades para disminuir el ritmo cotidiano. La experiencia tampoco necesita ser extraordinaria. Observar el movimiento de las hojas, escuchar pájaros, sentir el sol sobre la piel, caminar sin mirar constantemente el teléfono o simplemente permanecer unos minutos en silencio son formas sencillas de modificar la relación con el entorno.

Existe además una dimensión social que no debería pasarse por alto. Los espacios verdes pueden favorecer actividades compartidas: caminar con otra persona, jugar con los hijos, pasear con un animal, hacer ejercicio, encontrarse con amigos o participar de actividades comunitarias. En ese sentido, un parque puede funcionar no solamente como un espacio físico sino también como un escenario para fortalecer vínculos, otro componente estrechamente relacionado con el bienestar.

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La naturaleza también puede ayudarnos a recuperar una sensación de escala. En una vida dominada por las urgencias, los problemas laborales, las noticias y las demandas digitales, contemplar un paisaje durante algunos minutos puede producir una interrupción de esa lógica. No significa ignorar las dificultades, sino permitir que la atención se desplace temporalmente hacia otro tipo de estímulos.

La ciencia todavía investiga cuáles son exactamente los mecanismos responsables de estos efectos. Pueden intervenir la reducción del estrés, la actividad física, la exposición a la luz natural, la disminución del ruido urbano, la calidad del aire en determinados ambientes, la recuperación de la atención y los cambios en la actividad del sistema nervioso. Probablemente tampoco exista una única explicación: los beneficios podrían surgir de la combinación de varios factores que actúan simultáneamente.

Por eso, recuperar el vínculo con la naturaleza no debería entenderse como una moda ni como una solución milagrosa, sino como una posibilidad sencilla dentro de una concepción integral de la salud. Dormir adecuadamente, alimentarse de manera equilibrada, realizar actividad física, mantener vínculos sociales, cuidar la salud mental y realizar controles médicos continúan siendo pilares fundamentales. Dentro de ese conjunto, pasar tiempo en ambientes naturales puede constituir una práctica accesible que contribuya al bienestar.

En una época en la que gran parte de nuestra atención transcurre frente a una pantalla, quizás una de las formas más simples de cuidar la salud sea recuperar, aunque sea durante unos minutos, la experiencia de mirar algo que no fue diseñado por una computadora. Un árbol, el cielo, el agua, una montaña, una planta o el sonido del viento no solucionan por sí mismos los problemas de la vida cotidiana. Pero pueden ofrecer algo que el organismo parece reconocer desde hace mucho tiempo: una pausa, un cambio de ritmo y un espacio para respirar.

Por: Loli Belotti

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