

Estuvieron cerca de la posibilidad de que su futuro en un torneo en el que se clasifican cuatro de 14 no dependiera de sí mismos. Pero River tiene una ventaja enorme por encima del resto: cuando el juego brilla por su ausencia y todo parece encaminado a que la noche termine con caras largas, aparece la jerarquía de sus futbolistas. La de Borja, para transformar en gol las únicas dos pelotas que tocó; la del Diablito Echeverri para no cansarse de insistir; y la de Nacho Fernández y Barco, para entrar desde el banco y dar vuelta un partido realmente muy cuesta arriba.
Para sorpresa de nadie, hasta que Demichelis sacó un delantero para agregar un volante a los 20’ del segundo tiempo, el nivel de River fue malo. Un nivel digno de ganarse el lugar para mirar por TV la parte más importante de esta Copa de la Liga. Mucho tuvo que ver cómo el DT decidió afrontar este encuentro ante un Central totalmente alternativo, que incluyó un debutante de 17 años entre sus 11 y que se agazapó para buscar largo a Giaccone a la espalda de Casco como principal recurso.
Desde el 4-2-1-3 que dejaba a Borja fajándose contra tres centrales y a Solari y Colidio cercados contra la raya, con el pibito y Simón superponiéndose, con Boselli sin oficio para darle salida por su costado, prácticamente todo fue contraproducente. Algo que ya no es nuevo: con Táchira como el antecedente más reciente, Micho se equivocó en el planteo inicial y tuvo que corregirlo sobre la marcha. Los tenues silbidos que despidieron al equipo para el entretiempo fueron elocuentes: River había salido a jugar como si no tuviera consciencia de que su futuro en el torneo dependía en gran parte de este resultado.
Pero las variantes que el equipo pedía a gritos (sacar a un delantero para sumar a otro volante y a un Simón que no era complementario en la banda derecha) resultaron. Con Nacho y Barco el juego, de repente, empezó a fluir. Y quedó claro en una de las primeras jugadas, que terminó con el Colibrí facturando el primer mínimo descuido de Komar en al área chica.
Con ellos, el Diablito encontró por fin a un socio que sintonizara su fútbol. El Diablito, con un atrevimiento que por muchos momentos dejó expuestos a los demás, intentó disimular con sus gambetas la falta de juego. A los 18, pareció el más experimentado: la pidió hasta el hartazgo, mostró rebeldía, lideró al equipo y dejó vetusto el debate de si tiene que ser titular o no.
Con el empate, el ánimo renovado y un Central que ni con Campaz en cancha logró inventarse otra contra, River fue a buscar que la aguja pasara por el pajar de piernas rivales y lo pudo lograr cuando Nacho bajó esa pelota de las nubes y asistió al killer colombiano.
Zafó, River. Debió rezarle bastante a San Miguel para evitar un dolor de cabeza. Pero sabe que el camino no debería ser el del error y el ensayo de solución sino al revés. A nivel local, por ahora, le alcanza con ser el clásico River Borja.⁶þh torneo en el que se clasifican cuatro de 14 no dependiera de sí mismo. Pero River (por ahora) tiene una ventaja enorme por encima del resto: cuando el juego brilla por su ausencia y todo parece encaminado a que la noche termine con caras largas, aparece la jerarquía de sus futbolistas. La de Borja, por caso, para transformar en gol las únicas dos pelotas que tocó; la del Diablito Echeverri para no cansarse de insistir; y la de Nacho Fernández y Barco, para entrar desde el banco y dar vuelta un partido realmente muy cuesta arriba.
Porque para sorpresa de nadie, hasta que Demichelis sacó un delantero para agregar un volante a los 20’ del segundo tiempo, el nivel de River fue malo. Un nivel digno de ganarse el lugar para mirar por TV la parte más importante de esta Copa de la Liga. En eso, claro, mucho tuvo que ver cómo el DT decidió afrontar este encuentro ante un Central totalmente alternativo, que incluyó un debutante de 17 años entre sus 11 y que se agazapó para buscar largo a Giaccone a la espalda de Casco como principal recurso.
Desde el 4-2-1-3 que dejaba a Borja fajándose contra tres centrales y a Solari y Colidio cercados contra la raya, con el pibito y Simón superponiéndose, con Boselli sin oficio para darle salida por su costado, prácticamente todo fue contraproducente. Algo que, a esta altura, no es nuevo: con Táchira como el antecedente más reciente, Micho se equivocó en el planteo inicial y tuvo que corregirlo sobre la marcha. Los tenues silbidos que despidieron al equipo para el entretiempo fueron elocuentes: River había salido a jugar como si no tuviera consciencia de que su futuro en el torneo dependía en gran parte de este resultado.
Pero las variantes que el equipo pedía a gritos (sacar a un delantero para sumar a otro volante y a un Simón que no era complementario en la banda derecha) resultaron. Con Nacho y Barco el juego, de repente, empezó a fluir. Y quedó claro en una de las primeras jugadas, que terminó con el Colibrí facturando el primer mínimo descuido de Komar en al área chica.
Con ellos, el Diablito encontró por fin a un socio que sintonizara su fútbol. El Diablito, con un atrevimiento que por muchos momentos dejó expuestos a los demás, intentó disimular con sus gambetas la falta de juego. A los 18, pareció el más experimentado: la pidió hasta el hartazgo, mostró rebeldía, lideró al equipo y dejó vetusto el debate de si tiene que ser titular o no.
Con el empate, el ánimo renovado y un Central que ni con Campaz en cancha logró inventarse otra contra, River fue a buscar que la aguja pasara por el pajar de piernas rivales y lo pudo lograr cuando Nacho bajó esa pelota de las nubes y asistió al killer colombiano.
Zafó, River. Debió rezarle bastante a San Miguel para evitar un dolor de cabeza. Pero sabe que el camino no debería ser el del error y el ensayo de solución sino al revés. A nivel local, por ahora, le alcanza con ser el clásico River Borja.
Por: María Belotti


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