Murió el humorista Toti Ciliberto.

Nació y creció en San Martín, Buenos Aires, en el seno de una familia humilde, en una casa donde el esfuerzo era rutina y el humor, un alivio. Antes de ser comediante, fue profesor de educación física e hincha de Chacarita Juniors, ese club del conurbano que parece nacido para resistir. En sus años de adolescente, acosado por el acné y el bullying escolar, descubrió un mecanismo de defensa que se volvería vocación: el humor como escudo. “Me reía de mí mismo antes de que lo hicieran los demás”, contó alguna vez.
El teatro llegó como un destino inevitable. En el Parakultural, templo del under porteño, encontró una voz, un cuerpo, una manera de estar en el mundo. Y fue en 1992 cuando Marcelo Tinelli lo convocó a VideoMatch, ese programa que comenzó como un resumen del deporte del mundo y derivó en los más variados sketchs y bloopers sin escalas, que transformaría la televisión argentina para siempre.
Su fallecimiento fue confirmado por su amigo y colega Larry de Clay, quien contó que el actor tuvo que ser internado de urgencia a raíz de una descompensación y sufrió un paro cardiorrespiratorio durante la madrugada.