“Moria”: mucho brillo, mucho artificio y una historia que ya conocíamos

La serie de Netflix recorre en ocho capítulos la vida de Moria Casán y apuesta por una puesta visual tan extravagante como su protagonista. El problema es que, más allá del formato, poco sorprende.
CINE17/08/2026LateLate
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“Moria” llegó a Netflix el 14 de agosto, apenas dos días antes de que Moria Casán cumpliera 80 años, como una suerte de gran celebración audiovisual para una figura que hace décadas forma parte del imaginario popular argentino. Son ocho capítulos, escritos y dirigidos por Javier Van de Couter, producidos por About Entertainment y protagonizados por Sofía Gala Castiglione, Griselda Siciliani y Cecilia Roth, tres actrices que interpretan a “La One” en diferentes momentos de su vida.

La propuesta, desde el comienzo, deja claro que no pretende ser una biografía convencional. Moria no solamente aparece como protagonista de su propia historia: también se convierte en la titiritera que la manipula, la observa y la modifica. El recurso visual es uno de los rasgos más particulares de la serie: desde una posición casi exterior, la propia Moria interviene sobre la representación de su pasado, como si tuviera entre sus manos una maqueta de su existencia que puede mover a voluntad. Sus manos, sus uñas, sus gestos y su presencia funcionan como una suerte de dispositivo narrativo que permite jugar con el pasado, el presente y hasta el futuro. Netflix había definido justamente la producción como una ficción en la que Casán “se convierte en la titiritera de su propia historia”.

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Y ahí está, quizás, uno de los grandes aciertos y también uno de los grandes problemas de “Moria”. El recurso es atractivo, tiene personalidad, es extravagante y responde perfectamente al universo de una mujer que convirtió su propia identidad en espectáculo. Hay algo deliberadamente bizarro, teatral y excesivo en la manera de contarla. Es una serie que sabe que está hablando de Moria y que, por lo tanto, difícilmente pueda hacerlo desde la sobriedad.

Pero después de atravesar los ocho episodios queda una sensación difícil de ignorar: se esperaba más.

Porque una cosa es volver a contar la vida de Moria Casán y otra muy diferente es encontrar una manera verdaderamente nueva de contarla. Y ahí “Moria” queda en deuda. Su infancia, sus comienzos, su llegada al teatro de revistas, su transformación en vedette, el cine, la televisión, sus relaciones, sus conflictos, sus frases, sus escándalos, sus momentos de mayor exposición y las distintas etapas de su carrera forman parte de una historia que el público argentino conoce desde hace décadas.

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La serie cambia la forma, pero muchas veces no cambia sustancialmente el contenido. Hay artificio, hay reconstrucción de época, hay una estética cuidada y hay una estructura que intenta alejarse de la biopic tradicional, pero detrás de ese envoltorio aparece, en buena medida, la misma Moria que ya vimos y escuchamos tantas veces.

Eso no significa que absolutamente nada sea nuevo. De hecho, existe al menos una revelación personal que la propia Moria y las protagonistas presentaron como desconocida para el gran público: el episodio relacionado con el tratamiento de electroshock que recibió durante su adolescencia, cuando sus padres recurrieron a especialistas porque no sabían cómo abordar su personalidad. Según contó Casán durante una entrevista con LA NACION, ella misma recién se lo había relatado a Sofía Gala unos ocho años antes.

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Ese dato demuestra que la serie sí tiene algunos elementos capaces de correr, aunque sea parcialmente, el velo de una vida que parece haber sido contada en infinidad de oportunidades. Sin embargo, el peso general de la narración vuelve una y otra vez sobre episodios, personajes y momentos ampliamente instalados en la memoria colectiva.

Incluso una crítica internacional como la de Decider encontró en esa elección un límite: destacó el estilo visual, la personalidad de la protagonista y la particularidad de que Casán participe de la construcción de su propia historia, pero señaló que algunos personajes secundarios quedan poco desarrollados y que el conflicto dramático tradicional resulta limitado.

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Es una observación que ayuda a entender el problema central de la serie. “Moria” no parece interesada en descubrir quién fue Moria Casán, porque parte de la premisa de que todos sabemos quién es. Su intención es convertirla en un objeto artístico, reconstruirla, fragmentarla, jugar con ella y volver a armarla. El interrogante es si ese procedimiento alcanza para sostener ocho episodios.

La respuesta, desde una mirada crítica, es que no siempre.

La puesta en escena es probablemente uno de los puntos más fuertes. La reconstrucción de época, especialmente del universo del teatro de revistas y del espectáculo argentino de los años 70 y 80, está trabajada con cuidado. LA NACION también destacó la reconstrucción de ese mundo y la manera en que la serie cruza distintos tiempos para construir el mito.

Y si hay un aspecto que merece una valoración especialmente positiva es el casting. Las tres intérpretes consiguen construir versiones diferentes de una misma mujer, algo particularmente complejo porque Moria no fue siempre la misma Moria. Griselda Siciliani interpreta una etapa en la que la personalidad pública de Casán estaba marcada por la provocación, la confrontación y una energía mucho más agresiva; Cecilia Roth se hace cargo de la etapa más cercana al presente; y Sofía Gala Castiglione interpreta a su madre durante su juventud.

Y es justamente Sofía Gala la que, a mi criterio, se lleva la serie.

El desafío que asumió es enorme: no solamente tuvo que interpretar a una figura real, sino que esa figura es su propia madre. Y no pudo limitarse a imitarla. Tuvo que construirla como actriz, encontrar su cuerpo, su voz, su energía, sus contradicciones y su manera de estar frente a una cámara. El resultado es extraordinario.

Hay algo profundamente particular en verla interpretar a la mujer que la llevó al mundo, pero hacerlo sin convertir el personaje en una caricatura. Sofía Gala no juega simplemente a ser Moria. La interpreta. La habita. Y esa diferencia se nota.

De hecho, la propia producción puso especial énfasis en que las actrices no buscaran hacer imitaciones. Roth y Siciliani explicaron que el trabajo consistió en encontrar una manera de “habitar” al personaje y no reproducir mecánicamente sus gestos o sus frases.

Griselda Siciliani también realiza un trabajo sólido y Cecilia Roth, aunque quizás encuentre mayores dificultades en una Moria más cercana al presente, tiene momentos valiosos. El elenco se completa, entre otros, con Marco Antonio Caponi como Mario Castiglione, Micaela Riera como Susana Giménez, Hernán “Curly” Jiménez como Jorge Porcel y Sebastián Rosso como Alberto Olmedo.

El gran atractivo de “Moria”, entonces, termina estando menos en aquello que cuenta que en cómo decide contarlo. Hay una búsqueda estética, un juego con la representación, una protagonista que interviene sobre su propio relato y una voluntad de transformar una biografía en espectáculo. Todo eso está muy en sintonía con la mujer retratada.

Pero justamente porque se trata de Moria Casán, el estándar debería ser más alto.

Moria es una mujer que durante décadas consiguió sorprender. Fue transgresora cuando la transgresión todavía tenía un costo enorme. Inventó frases, personajes, formas de presentarse, maneras de provocar y estrategias para permanecer vigente. Atravesó el teatro, el cine, la televisión y las crisis personales y mediáticas sin dejar de reinventarse. La pregunta que una serie sobre ella debería formularse no es solamente qué hizo Moria, sino qué significa que una mujer como ella haya conseguido permanecer como figura central de la cultura popular durante tantas décadas.

“Moria” se acerca a ese interrogante, pero no siempre se anima a profundizarlo.

Y eso es lo que puede resultar frustrante para quienes conocen su trayectoria. La expectativa estaba puesta en que una producción de Netflix, con recursos, tiempo y un equipo creativo detrás, pudiera encontrar algo que todavía no hubiéramos visto. No necesariamente un escándalo desconocido ni una revelación explosiva, sino una mirada diferente. Una interpretación nueva sobre el fenómeno Moria. Una lectura capaz de explicar por qué sigue siendo Moria.

En cambio, muchas veces la sensación es la de estar frente a una gran producción que vuelve a recorrer un territorio conocido.

Paradójicamente, la serie parece tener más posibilidades de resultar novedosa para quienes no conocen profundamente la trayectoria de Casán que para el público argentino que creció viendo su carrera. Para un espectador extranjero, la llegada de “Moria” a Netflix puede ser una puerta de entrada extraordinaria a un personaje absolutamente singular de la cultura argentina. La plataforma le permite a “La One” salir del circuito exclusivamente nacional y ponerse en contacto con espectadores que quizás nunca hayan visto sus programas, sus obras teatrales o sus históricas intervenciones televisivas.

Ese puede ser, finalmente, el mayor logro de la serie: internacionalizar a Moria Casán.

Netflix convierte una figura profundamente argentina en un personaje potencialmente global. Y allí existe una oportunidad enorme. Porque si hay algo que “Moria” demuestra es que la historia de Casán tiene todos los ingredientes de un personaje universal: ambición, talento, exposición, sexo, poder, fama, caída, reinvención, provocación y una capacidad casi inagotable para volver a empezar.

La producción sabe que está trabajando con un mito. Lo mira, lo acomoda, lo manipula, lo mueve con las uñas y lo vuelve a poner en escena. Lo hace con imaginación, con humor, con una estética por momentos sorprendente y con un elenco que, en términos generales, está muy bien.

Pero una cosa es hacer una serie sobre Moria y otra es conseguir hacer algo verdaderamente a la altura de Moria.

Después de ocho capítulos, queda la impresión de que “Moria” consiguió hacer algo muy difícil: convertir una vida extraordinaria en una serie que, por momentos, resulta demasiado conocida.

Y quizás esa sea la contradicción más interesante de todas. La mujer que hizo de la reinvención su principal herramienta termina protagonizando una ficción que, pese a su forma audaz y extravagante, no siempre logra reinventar su propia historia.

La serie está disponible globalmente en Netflix desde el 14 de agosto de 2026.

Por: María Lorena Belotti

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