Barreda: el horror que deja de ser una historia y se mete debajo de la piel

La película de Daniela Goggi, disponible en Prime Video, reconstruye el cuádruple femicidio que conmocionó a la Argentina en 1992 y consigue algo tan incómodo como necesario: mirar el horror desde el lugar de quienes no pudieron contarlo.
CINE07/09/2026LateLate

Hay historias que uno conoce desde hace años, que forman parte de la memoria colectiva y que, sin embargo, cuando vuelven a ser contadas consiguen producir el mismo espanto que la primera vez. Barreda es una de ellas. La película dirigida por Daniela Goggi y protagonizada magistralmente por Luis Machín como Ricardo Barreda reconstruye uno de los crímenes más brutales y controversiales de la historia policial argentina: el asesinato de su esposa Gladys McDonald, su suegra Elena Arreche y sus hijas Cecilia y Adriana, ocurrido el 15 de noviembre de 1992 en la casa familiar de La Plata. El filme, de una hora y cuarenta y cinco minutos, se estrenó el 28 de agosto de 2026 en Prime Video y cuenta además con Carla Peterson, Mercedes Morán, Maite Lanata, Margarita Páez, Marcelo Subiotto, Paola Barrientos y Alberto Ajaka en su elenco.

Pero Barreda no es simplemente la reconstrucción de un expediente policial. Y ahí está, para mí, su enorme potencia. Porque durante décadas conocimos aquella tragedia fundamentalmente a través de la versión del único sobreviviente de la escena: el propio asesino. Las cuatro mujeres no pudieron contar qué sucedió. No hubo testigos oculares que pudieran reconstruir desde su lugar aquellos últimos momentos. Por eso esta película produce una sensación particularmente perturbadora: por primera vez, aunque sea a través de la ficción, uno puede imaginar qué pudieron haber vivido ellas. Y eso se siente en el cuerpo. Hay momentos en los que literalmente aparecen los escalofríos. La película no solamente muestra la violencia: consigue transmitirla, hacer que el espectador la padezca desde la butaca, que sienta la impotencia y la brutalidad de una situación que, hasta ahora, conocíamos principalmente como una sucesión de datos, testimonios, expedientes y titulares.

El trabajo de Daniela Goggi tiene justamente ese mérito: correr el eje del personaje que durante años ocupó casi todo el espacio mediático y devolverles protagonismo a las víctimas. La película intenta reconstruir también cómo era aquella familia, qué relaciones existían puertas adentro y cómo se fue construyendo la tensión que desembocó en la masacre. Es un largometraje de ficción basado en hechos reales, escrito por Juan Cavoti, Daniela Goggi, Josefina Licitra, Donna Tefa Sanguinetti y Tamara Talesnik.

Y Luis Machín tiene una tarea dificilísima. No interpreta solamente a un asesino: interpreta a un hombre que consiguió construir alrededor de sí una compleja narrativa de víctima. Barreda confesó los crímenes y sostuvo que había actuado en defensa propia. Durante el juicio, su defensa intentó instalar la idea de que se trataba de un hombre perturbado, mientras afuera de los tribunales comenzaba a producirse uno de los fenómenos sociales más difíciles de comprender de toda esta historia: una parte de la sociedad empezó a mirar al victimario como si fuera la verdadera víctima.

Ahí aparece una de las preguntas que más me quedaron después de ver la película: ¿cómo puede un hombre que asesinó a su esposa, a su suegra y a sus dos hijas convertirse en una figura admirada? ¿Cómo se llega al extremo de que mujeres le escribieran cartas, lo idolatraran y quisieran acercarse a él? ¿Cómo se puede transformar a un asesino en personaje, en mito, en una especie de celebridad? La propia película recuerda aquella Argentina de los noventa que llegó a convertir a Barreda en una suerte de “Santo Patrono de los hombres maltratados”, mientras las cuatro mujeres asesinadas parecían quedar relegadas a un segundo plano.

Y esa contradicción se vuelve todavía más inquietante cuando se observa la relación de Barreda con su propia defensa. Se intentó construir jurídicamente la imagen de un hombre que no estaba en condiciones de comprender plenamente la criminalidad de sus actos. Pero, al mismo tiempo, aparecía en él una resistencia a quedar definido simplemente como un loco. Esa contradicción interna —entre la estrategia de su defensa, su propia percepción y el personaje que fue construyendo frente a la sociedad— forma parte de la maraña psicológica que la película intenta desentrañar. Y quizás allí esté uno de los aspectos más inquietantes: que el espectador se encuentre permanentemente preguntándose dónde terminaba la estrategia y dónde comenzaba la verdadera percepción que Barreda tenía de sí mismo.

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Pero hay algo que, como autora y espectadora, no puedo dejar de decir: ninguna explicación psicológica, ninguna discusión sobre imputabilidad, ninguna estrategia jurídica consigue borrar la brutalidad del resultado. Cuatro mujeres fueron asesinadas. Cuatro vidas quedaron destruidas. Y la película logra que esa realidad deje de ser una cifra dentro de un expediente para convertirse nuevamente en una tragedia humana.

La reconstrucción es tan realista que por momentos resulta difícil de soportar. No porque busque el impacto fácil, sino precisamente porque consigue que uno imagine lo que significa estar encerrado en una casa frente a una violencia de esa magnitud. Y ahí aparece la impotencia. Uno sabe cómo termina la historia, pero justamente por saberlo quiere, de alguna manera imposible, que algo cambie. Que alguien llegue. Que alguien pueda intervenir. Que esas cuatro mujeres tengan otra oportunidad. Y eso es quizás lo más doloroso que puede provocar una ficción basada en un hecho real: hacernos desear modificar un pasado que ya sabemos que es irreversible.

También estremece pensar en lo que sucedió después. Barreda fue condenado a prisión perpetua, aunque años más tarde recuperó la libertad y murió en 2020. La historia posterior estuvo atravesada por vínculos afectivos, admiradoras y una exposición pública que, vista desde hoy, resulta todavía más incomprensible.

Por eso Barreda no me parece solamente una película policial ni una reconstrucción de un crimen famoso. Es una película sobre la construcción social de un monstruo y, paradójicamente, sobre la construcción social de una víctima que nunca debió ocupar ese lugar. Es también una pregunta sobre nosotros mismos: sobre qué hacemos con los asesinos cuando dejan de ser noticia, sobre cómo consumimos el horror y sobre qué lugar les damos a las víctimas cuando la historia comienza a girar alrededor del victimario.

Después de verla, queda una sensación difícil de explicar. No es solamente tristeza. No es solamente bronca. Es una mezcla de escalofrío, impotencia e incredulidad. Porque durante mucho tiempo Barreda fue contado como un personaje. Como un caso. Como una rareza de la crónica policial. Barreda, en cambio, consigue que detrás de ese apellido volvamos a ver cuatro mujeres.

Y para mí, ahí está su mayor logro.

Porque el verdadero desafío de esta película no era conseguir que recordáramos quién fue Ricardo Barreda. Eso ya lo sabíamos.

El verdadero desafío era conseguir que, por una vez, no olvidáramos a las cuatro mujeres que él mató.

Por María Lorena Belotti

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