
Cuando nadie participa pero todos reclaman
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Las reuniones de consorcio siguen siendo el eslabón más débil de la vida urbana. Procesos arcaicos, tensiones no resueltas y una convivencia cada vez más compleja desalientan la participación y abren una brecha entre quienes deciden y quienes después reclaman. Un mapa actualizado del fenómeno, con la mirada de un experto En las grandes ciudades, la vida en propiedad horizontal se volvió un laboratorio de fricciones crecientes. Los edificios concentran realidades diversas,generaciones distintas y expectativas que pocas veces coinciden.
Aun así, la instancia que debería ordenar ese mundo (la asamblea) se vacía año tras año. La participación cae, las decisiones se toman entre pocos y los reclamos crecen en proporción directa al desinterés. El resultado es un ecosistema que exige cambios urgentes.
Según explica el especialista Martín Eliçagaray, la raíz del problema es doble. Por un lado, los edificios no lograron actualizar sus prácticas de gestión.
Las asambleas siguen atadas a rutinas pensadas para otra época, con documentos impresos,intercambios verbales interminables y mecanismos de control que ya no responden al volumen ni a la velocidad de la vida urbana contemporánea.
Por otro lado, la convivencia se volvió más compleja y más sensible que hace apenas una década.Lo que antes era un desacuerdo puntual hoy puede escalar a un conflictoestructural.
Uno de los temas que más tensión genera es el ruido. En los edificios actuales, el problema no se reduce a la música fuerte. Eliçagaray observa un abanico de situaciones nuevas: gimnasios improvisados en pisos altos, clases virtuales con instrumentos, reformas prolongadas con herramientas eléctricas.
La convivencia sonora, dice, quedó fuera de control, sobre todo cuando las actividades se trasladan a horarios de descanso.
Las mascotas son otro foco de fricción. En muchos edificios hay más perros que chicos y esa proporción altera dinámicas cotidianas.
El especialista menciona desde ladridos nocturnos hasta ascensores colapsados, pelos en espacios comunes o perros sueltos en áreas donde deberían circular con correa. La discusión ya no es si están permitidos, sino cómo se gestiona su presencia en estructuras que no fueron pensadas para una convivencia tan intensa.
Los espacios comunes, que durante años funcionaron como complemento, pasaron a ser puntos críticos. SUMs, piletas, parrillas y gimnasio se usan más que nunca y se volvieron escenarios de disputas frecuentes: reservas que se agotan,turnos que se cuestionan, criterios de uso que cambian según el humor del momento.
En palabras de Eliçagaray, los amenities se convirtieron en “válvulas de escape social” y, al mismo tiempo, en territorios de conflicto cotidiano.






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